Diario de Santa Faustina 1-29


La Divina Misericordia en mi alma
Primer Cuaderno

 La cifra en números arábigos entre paréntesis localizada al principio o dentro del texto, indica la pagina correspondiente en el manuscrito del Diario.  Las palabras entre paréntesis han sido agregadas por la Editorial para aclarar pasajes del texto.



1        Oh Amor Eterno, mandas pintar Tu Santa Imagen (1) y nos revelas la fuente inconcebible de la misericordia.  Bendices a quien se acerca a Tus rayos,
Y el alma negra se convierte en nieve.

   Oh dulce Jesús, aquí (2) has establecido el trono de
   Tu misericordia
   Para dar alegría y ayudar al pecador,
   De Tu Corazón abierto, como de un manantial puro,
   Fluye el consuelo para el alma y el corazón contrito.

Que el honor y la gloria para esta imagen
No dejen de fluir de las almas de los hombres,
Que cada corazón glorifique la Divina Misericordia
Ahora y por los siglos de los siglos y en cada hora.

Oh, Dios mío

2        Cuando miro hacia el futuro, me atemorizo,
Pero ¿por qué sumergirse en el futuro?
Para mi solamente el momento actual es de gran valor,
Ya que quizá el futuro nunca llegue a mi alma.

El tiempo que ha pasado no está en mi poder.
Cambiar, corregir o agregar,
No pudo hacerlo ningún sabio ni profeta,
Así que debo confiar a Dios lo que pertenece al pasado.

Oh momento actual, tú me perteneces por completo,
 Deseo aprovecharte cuanto pueda,
 Y aunque soy débil y pequeña,
 Me concedes la gracia de tu omnipotencia.
         
        Por eso, confiando en Tu misericordia,
        Camino por la vida como un niño pequeño
        Y cada día Te ofrezco mi corazón
        Inflamado del amor por Tu mayor gloria. 




(2)                                                                   +
JMJ
          3                                                           Dios y las almas
                                                   Oh, Rey de Misericordia, guía mi alma.
                                                                       Sor M. Faustina
                                                              Del Santísimo Sacramento
Vilna, 28 VII 1934

      4    Oh Jesús mío, por la confianza en Ti
      Trenzo miles de coronas y sé
      Que todas florecerán
      Y sé que florecerán cuando las
       Ilumine el Sol Divino.

                    + Oh gran y Divino Sacramento
                     Que ocultas a mi Dios
                     Jesús acompáñame en cada momento,
                     Y ningún temor invadirá mi corazón.(3)     


Dios y las almas

5        Seas adorada, oh Santísima Trinidad, ahora y siempre, Seas alabada en todas Tus      
Obras y en todas Tus criaturas.  Que la grandeza de Tu misericordia, oh Dios, sea
Admirada y glorificada.

6        Debo tomar nota [3] de los encuentros de mi alma Contigo, oh Dios, en los momentos particulares de Tus visitas.  Debo escribir de Ti, oh Inconcebible en la misericordia hacia mi pobre alma.  Tu santa voluntad es la vida de mi alma.  He recibido este mandato de quien Te sustituye para mi, oh Dios, aquí en la tierra y que me enseña Tu santa voluntad:  Jesús Tu ves que difícil es para mí escribir, y que no sé describir claramente lo que siento en el alma.  Oh Dios, ¿puede la pluma describir cosas para las cuales, a veces, no hay palabras?  Pero me mandas escribir, oh Dios, esto me basta.

Varsovia, 1 VIII 1925

Ingreso al convento

7        Desde los siete años sentía la suprema llamada de Dios, la gracia de la vocación a la vida consagrada.  A los siete años por primera vez oí la voz de Dios en mi alma, es decir, la invitación a una vida más perfecta.  Sin embargo, no siempre obedecí la voz de la gracia.  No encontré a nadie quien me aclarase esas cosas.

8    El decimoctavo año de mi vida, insistente pedido a mis padres el permiso para entrar                          
                  en un convento; una categórica negativa de los padres.  Después de esa negativa me
                  entregué a las vanidades de la vida [4] sin hacer caso alguno a la voz de la gracia,
                   aunque  mi alma (4) en nada encontraba satisfacción.  Las continuas llamadas de la
                   gracia  eran para mi un gran tormento, sin embargo intenté apagarlas con 
                   distracciones.  Evitaba a Dios dentro de mi y con toda mi alma me inclinaba hacia
                   las criaturas.  Pero la gracia divina venció en mi alma.

9        Una vez, junto con una de mis hermanas fuimos a un baile [5].  Cuando todos se
Divertían mucho, mi alma sufría [tormentos] interiores.  En el momento en que empecé a bailar, de repente  vi  a Jesús junto a mí.  A Jesús martirizado, despojado de
Sus vestiduras, cubierto de heridas, diciéndome esas palabras:   ¿Hasta cuándo Me harás sufrir, hasta cuándo Me engañaras?   En aquel momento dejaron de sonar los alegres tonos de la música, desapareció de mis ojos la compañía en que me encontraba, nos quedamos Jesús y yo.  Me senté junto a mi querida hermana, disimulando lo que ocurrió en mi alma con un dolor de cabeza.  Un momento después abandoné discretamente a la compañía y a mi hermana y fui a la catedral de San Estanislao Kostka.  Estaba anocheciendo, había poca gente en la catedral.  Sin hacer caso a lo que pasaba alrededor, me postré en cruz delante del Santísimo Sacramento, y pedí al Señor que se dignara hacerme conocer qué había de hacer en adelante.

 10    Entonces oí esas palabras:   Ve inmediatamente a Varsovia, allí entrarás en un   
         convento.   Me levanté de la oración, fui a casa y solucioné las cosas necesarias. 
         Como pude, le confesé a mi hermana lo que había ocurrido en mi alma, le dije que me
         despidiera de mis padres, y con un solo vestido, sin nada más, llegué a Varsovia.

11    Cuando bajé del tren y vi que cada uno se fue por su camino, me entró miedo:  ¿Qué
hacer?  ¿A dónde dirigirme, si no conocía a nadie?  Y dije a la Madre de Dios:  María, dirígeme, guíame.  Inmediatamente oí en el alma estas palabras:  que saliera de la ciudad a una aldea [6] donde pasaría una noche tranquila.  Así lo hice y encontré todo tal y como la Madre de Dios me había dicho.

12            Al día siguiente, a primera hora regresé a la ciudad y entré en la primera iglesia [7]
que encontré y empecé a rezar para que siguiera revelándose en mí la voluntad de    Dios.  Las Santas Misas seguían una tras otra.  Durante una oí estas palabras: 
Ve a hablar con este sacerdote [8] y dile todo, y él te dirá lo que debes hacer en adelante.   Terminada la Santa Misa (5) fui a la sacristía y conté todo lo que había ocurrido en mi alma y pedí que me indicara en qué convento debía estar.

13            Al principio el sacerdote se sorprendió, pero me recomendó confiar mucho en que Dios lo arreglaría.  Entretanto yo te mandaré [dijo] a casa de una señora piadosa [9], donde tendrás alojamiento hasta que entres en un convento.  Cuando me presenté en su casa, la señora me recibió con gran amabilidad.  Empecé a buscar un convento, pero donde llamaba me despedían [10].  El dolor traspasó mi corazón y dije al Señor:
  Ayúdame, no me dejes sola.  Por fin llamé a nuestra puerta [11].
 12            Cuando [salió] a mi encuentro la Madre Superiora [12], la actual Madre General 
       Micaela, tras una breve conversación, me ordenó ir al Dueño de la casa y 
       preguntarle si me recibía.  En seguida comprendí que debía preguntar al Señor Jesús. 
       Muy feliz fui a la capilla y pregunté a Jesús:  Dueño de esta casa, ¿me recibes?  Una
       De las hermanas de esta casa me ha dicho que Te lo pregunte.
       En seguida oí esta voz:   Te recibo, estás en Mi Corazón.    Cuando regresé de la

           capilla, la Madre Superiora, primero me preguntó:  “Pues bien, ¿te ha recibido el  
       Señor?”   Contesté que sí.  “Si el Señor te ha recibido, yo también te recibo.”

15.          Tal fue mi ingreso.  Sin embargo, por varias razones, mas de un año tuve que estar
       en el mundo, en casa de esta piadosa señora [13], pero no volví ya a mi casa.

       En aquella época tuve que luchar contra muchas dificultades, sin embargo Dios no
       me escatimaba en su gracia.  Mi añoranza de Dios se hacia cada vez más grande. 
       Esta señora, aunque muy piadosa, no comprendía la felicidad que da la vida
       Consagrada y en su bondad, empezó a proyectarme otros planes de vida, pero yo
       Sentía que tenía un corazón tan grande que nada podía llenarlo.

16      Entonces, me dirigí a Dios con toda mi alma sedienta de El.  Eso [fue] durante la
Octava de Corpus Cristi [14].   Dios llenó mi alma con la luz interior para que lo conociera más profundamente como el bien y la belleza supremos.  Comprendí
cuánto  Dios me amaba.  Es eterno Su amor hacia mí.  Eso fue durante las vísperas.
Con las palabras sencillas que brotaban del corazón, hice a Dios (6) el voto de castidad perpetua.  A partir de aquel momento sentí una mayor intimidad con Dios, mi Esposo.  En aquel momento hice una celdita en mi corazón donde siempre me encontraba con Jesús.

16    Por fin, llegó el momento cuando se abrió para mí la puerta del convento.  Eso fue el primero de agosto [15], al anochecer, en vísperas de la fiesta de la Madre de Dios de los Ángeles.  Me sentía sumamente feliz, me pareció que entre en la vida del paraíso.  De mi corazón broto una sola oración, la de acción de gracias.

17    Sin embargo, tres semanas después vi que aquí había muy poco tiempo para la oración y que muchas otras cosas me empujaban interiormente a entrar en un convento de regla más estricta.  Esta idea se clavó en mi alma, pero no había en ella la voluntad de Dios.  No obstante, la idea, es decir la tentación, se hacia cada vez mas fuerte hasta que un día decidí hablar con la Madre Superiora y salir decididamente.  Pero Dios guió las circunstancias de tal modo que no pude hablar con la Madre Superiora [16].  Antes de acostarme, entré en una pequeña capilla [17] y pedí a Jesús la luz en esta cuestión, pero no recibí nada en el alma, solo me lleno una extraña inquietud que no llegaba a comprender.  A pesar de todo decidí que a la mañana siguiente, después de la Santa Misa, le comunicaría a la Madre Superiora de mi decisión.

18                        Volví a la celda, las hermanas estaban ya acostadas y la luz apagada.  No sabia que  Hacer [conmigo].  Me tiré al suelo y empecé a rezar con fervor para conocer la voluntad de Dios.  En todas partes había un silencio como en el tabernáculo.  Todas las hermanas como las hostias blancas, descansan encerradas en el cáliz de Jesús, y solamente desde mi celda Dios oye el gemido de mi alma.  No sabia que después de las nueve, sin autorización no estaba permitido rezar en las celdas [18].  Después de un momento, en mi celda se hizo luz y en la cortina vi. el rostro muy dolorido del Señor Jesús.  Había llagas abiertas en todo el rostro y dos grandes lágrimas caían en la sobrecama.  Sin saber lo que todo eso significaba, pregunte a Jesús:  Jesús, ¿Quién te ha causado tanto dolor?  Y Jesús contestó: Tú Me vas a herir dolorosamente si sales de este convento.  Te llamé aquí y no a otro lugar y te tengo preparadas muchas gracias.   Pedí perdón al Señor Jesús e inmediatamente cambié la decisión que había tomado.

(7)   Al día siguiente fue día de confesión.   Conté todo lo que había ocurrido en mi alma, y el confesor [19] me contestó que había en ello una clara voluntad de Dios que debía quedarme [en] esta Congregación y que ni siquiera podía pensar en otro convento.  A partir de aquel momento me siento siempre feliz y contenta.

16                              Poco después me enferme [20].  La querida Madre Superiora me mando de vacaciones junto con otras dos hermanas [21] a Skolimów, muy cerquita de Varsovia.  En aquel tiempo le pregunté a Jesús:  ¿Por quien debo rezar todavía?  Me contestó que la noche siguiente me haría conocer por quien debía rezar.

Vi al Ángel de la Guarda que me dijo seguirlo.  En un momento me encontré en un lugar nebuloso, lleno de fuego y había allí una multitud de almas sufrientes.  Estas almas estaban orando con gran fervor, pero sin eficacia para ellas mismas, solo nosotros podemos ayudarlas.  Las llamas que las quemaban, a mi no me tocaban.  Mi Ángel de la Guarda no me abandonó ni por un solo momento.  Pregunté a estas almas ¿Cuál era su mayor tormento?  Y me contestaron unánimemente que su mayor tormento era la añoranza de Dios, Vi a la Madre de Dios que visitaba a las almas en el Purgatorio, Las almas llaman a Maria “La Estrella del Mar”.  Ella les trae alivio.  Deseaba hablar más con ellas, sin embargo mi Ángel de la Guarda me hizo seña de salir.  Salimos de esa cárcel de sufrimiento.   [Oí una voz interior que me dijo:  Mi misericordia no lo desea, pero la justicia lo exige.   A partir de aquel momento me uno más estrechamente a las almas sufrientes.

17    Fin del postulantazo [29 IV 1926].  Las Superioras [22] me mandaron al noviciado a Cracovia.  Una alegría inimaginable reinaba en mi alma.  Cuando llegamos al noviciado [23], la hermana … [24] estaba muriendo.  Unos días después vino la hermana ….. y me mandó ir a la Madre Maestra [25] y decirle que su confesor, Padre Rospond [26] celebrara en su intención una Santa Misa y tres jaculatorias.  Al principio consentí, pero al día siguiente pensé que no iría a la Madre Maestra, porque no entendía bien si había sido un sueño o (8) realidad.  Y no fue.  La noche siguiente se repitió lo mismo pero más claramente, no lo dudaba.  No obstante a la mañana siguiente decidí no decirlo a la Maestra.  Se lo diría sólo cuando la viera durante el día.  Un momento después la encontré en el pasillo [a aquella hermana fallecida], me reprochaba [que] no había ido en seguida y mi alma se llenó de gran inquietud.  Entonces fui inmediatamente a hablar con la Madre Maestra y le conté todo lo que había sucedido.  La Madre dijo que ella lo arreglaría.  En seguida la paz volvió a mi alma y tres días después aquella hermana vino y me dijo:  “Dios se lo pague.”


18    Durante la toma de hábito [27] Dios me dio a conocer lo mucho que iba a sufrir.  Vi claramente a que me estaba comprometiendo.  Fue un minuto de ese sufrimiento.  Dios volvió a colmar mi alma con muchos consuelos.


19    Al final del primer año de noviciado, en mi alma empezó a oscurecer.  No sentía ningún consuelo en la oración, la meditación venia con gran esfuerzo, el miedo empezó a apoderarse de mí.  Penetré más profundamente en mi interior y lo único que vi. fue una gran miseria.  Vi también claramente la gran santidad de Dios, no me atrevía a levantar los ojos hacia El, pero me postré como polvo a sus pies y mendigué su misericordia.  Pasaron casi seis meses y el estado de mi alma no cambió nada.  Nuestra querida Madre Maestra [28] me daba ánimo [en] esos momentos difíciles.  Sin embargo este sufrimiento aumentaba cada vez más y más.  Se acercaba el segundo año del noviciado.  Cuando pensaba que debía hacer los votos, mi alma se estremecía.  No entendía lo que leía, no podía meditar.  Me parecía que mi oración no agradaba a Dios.  Cuando me acercaba a los santos sacramentos me parecía que ofendía aun más a Dios.  Sin embargo el confesor [29] no me permitió omitir ni una sola Santa Comunión.  Dios actuaba en mi alma de modo singular.  No entendía absolutamente nada de lo que me decía el confesor.  Las sencillas verdades de la fe se hacían incomprensibles, mi alma sufría sin poder encontrar satisfacción en alguna parte.(9)  Hubo un momento en que me vino una fuerte idea de que era rechazada por Dios.  Esta terrible idea atravesó mi alma por completo.  En este sufrimiento mi alma empezó a agonizar.   Quería morir pero no podía.  Me vino la idea de ¿a qué pretender las virtudes?  ¿Para qué mortificarme si todo es desagradable a Dios?  Al decirlo a la Madre Maestra, recibí la siguiente respuesta:  Debe saber, hermana, que Dios la destina para una gran santidad.  Es una señal que Dios la quiere tener en el cielo, muy cerca de sí mismo.  Hermana, confié mucho en el Señor Jesús.

Esta terrible idea de ser rechazados por Dios, es un tormento que en realidad sufren los condenados.  Recurría a las heridas de Jesús, repetía las palabras de confianza, sin embargo esas palabras se hacían un tormento aún más grande.   Me presenté delante del Santísimo Sacramento y empecé a decir a Jesús: Jesús, Tu has dicho que antes una madre olvide a su niño recién nacido que Dios olvide a su criatura, y aunque ella olvide, Yo, Dios, no olvidaré a Mi criatura.  Oyes, Jesús, ¿Cómo gime mi alma?  Dígnate oír los gemidos dolorosos de Tu niña.  En Ti confío, oh Dios, porque el cielo y la tierra pasarán, pero Tu Palabra perdura eternamente.  No obstante, no encontré alivio ni por un instante.

16    Un día, al despertarme, mientras me ponía en la presencia de Dios, empezó a invadirme la desesperación.  La oscuridad total del alma.  Luché cuanto pude hasta el medio día.  En las horas de la tarde empezaron a apoderarse de mí los temores verdaderamente mortales, las fuerzas físicas empezaron a abandonarme.  Entré apresuradamente en la celda y me puse de rodillas delante del crucifijo y empecé a implorar la misericordia.  Sin embargo, Jesús no oyó mis llamamientos.  Me sentí despojada completamente de las fuerzas físicas, caí al suelo, la desesperación se apoderó de toda mi alma, sufrí realmente las penas infernales, que no difieren en nada de las del infierno.  En tal estado permanecí durante tres cuartos de hora.  Quise ir a la Maestra pero no tuve fuerzas.  Quise llamar, la voz me faltó, pero, felizmente, en la celda entró una de las hermanas [30].  Al verme en el estado tan extraño, en seguida aviso a la Maestra.  La Madre vino en seguida.  Al entrar en la celda dijo estas palabras:  En nombre de la santa obediencia [31], levántese del suelo.  Inmediatamente alguna fuerza me levantó del suelo y me puse de pie junto a la querida Maestra.  (10)  En una conversación cordial me explicó que era una prueba de Dios, Hermana, tenga una gran confianza, Dios es siempre Padre aunque somete a pruebas.  Volví a mis deberes como si me hubiera levantado de la tumba.  Los sentidos impregnados de lo que mi alma había experimentado.  Durante el oficio vespertino mi alma empezó a agonizar en una terrible oscuridad; sentí que estaba bajo el poder de Dios Justo y que era objeto de su desdén.  En esos terribles momentos dije a Dios: Jesús que en el Evangelio Te comparas a la más tierna de las madres, confío en Tus palabras, porque Tú eres la Verdad y la Vida.  Jesús confío en Ti contra toda esperanza, contra todo sentimiento que esta dentro de mí y es contrario a la esperanza.  Haz conmigo lo que quieras, no me alejare de Ti, porque Tú
eres la fuente de mi vida.  Lo terrible que es este tormento del alma, solamente lo    puede entender quien experimentó momentos semejantes.

17    Durante la noche me visitó la Madre de Dios con el Niño Jesús en los brazos.  La alegría llenó mi alma y dije: María, Madre mía, ¿sabes cuánto sufro?  Y la Madre de Dios me contestó: Yo sé cuánto sufres, pero no tengas miedo, porque yo comparto contigo tu sufrimiento y siempre lo compartiré.  Sonrió cordialmente y desapareció.  En seguida mi alma se llenó de fuerza y de gran valor.  Sin embargo eso duró apenas un día.  Como si el infierno se hubiera conjurado contra mí.  Un gran odio empezó a irrumpir [en] mi alma, el odio hacia todo lo santo y divino.  Me parecía que esos tormentos del alma iban a formar parte de mi existencia por siempre.  Me dirigí al Santísimo Sacramento y dije a Jesús: Jesús, Amado de mi alma, ¿no ves que mi alma está muriendo anhelándote?  ¿Cómo puedes ocultarte tanto a un corazón que Te ama con tanta sinceridad?  Perdóname, Jesús, que se haga en mi Tu voluntad.  Voy a sufrir en silencio como una paloma, sin quejarme.  No permitiré a mi corazón ni un solo gemido.

18    Final del noviciado.  El sufrimiento no disminuyó nada.  El debilitamiento físico,     exención de todos los ejercicios espirituales [32], es decir, la sustitución de los mismos por jaculatorias [33].  El Viernes Santo [34], Jesús lleva mi corazón al ardor mismo del amor.  Eso fue durante la adoración vespertina.  De inmediata me penetró la presencia de Dios.  Me olvidé de todo.  Jesús me hizo conocer cuanto ha sufrido (11) por mí.  Eso duró muy poco tiempo.  Una añoranza tremenda.  El deseo de amar a Dios.

19    Los primeros votos [35].  Un ardiente deseo de anonadarme por Dios mediante el amor activo, pero inadvertido incluso para las hermanas más cercanas.

Después de los votos, la oscuridad reinó en mi alma todavía durante casi seis meses.  Durante la oración Jesús penetró toda mi alma.  La oscuridad cedió.  En el alma  oí esas palabras: Tú eres Mi alegría, tú eres el deleite de Mi Corazón.   A partir de aquel momento sentí en el corazón, es decir dentro de mí, a la Santísima Trinidad.  De modo sensible, me sentía inundada por la luz divina.  Desde aquel momento mi alma está en la comunión con Dios, como el niño con su querido padre.

 28  En algún momento Jesús me dijo: Ve a la Madre Superiora [36] y dile que te permita llevar el cilicio [37] durante siete días, y durante la noche te levantarás una vez y vendrás a la capilla.   Contesté que sí, pero tuve cierta dificultad en hablar con la Superiora.  Por la noche Jesús me preguntó: ¿Hasta cuando lo vas a aplazar?    Decidí decirlo a la Madre Superiora durante el primer encuentro.  Al día siguiente, antes del medio día, vi. que la Madre Superiora iba al refectorio y como la cocina, el refectorio y la habitación de Sor Luisa están casi contiguas, entonces invite a la Madre Superiora a la habitación de Sor Luisa y le comunique lo que el Señor Jesús solicitaba.    La Madre Superiora me contestó: No le permito llevar ningún cilicio.  En absoluto.  Si el Señor Jesús le da la fuerza de un gigante, yo le permitiré estas mortificaciones.  Me disculpé con la Madre por haberle ocupado el tiempo y salí de la habitación.  Entonces vi. al Señor Jesús en la puerta de la cocina y dije al Señor:  Me mandas ir a pedir estas mortificaciones y la Madre Superiora no quiere permitírmelas.  Entonces Jesús me dijo:  Estuve aquí durante la conversación con la Superiora y sé todo.   No exijo tus mortificaciones, sino la obediencia.  Con ella Me das una gran gloria y adquieres méritos para ti.

29    Al saber una de las Madres, de mi relación tan estrecha con el Señor Jesús, dijo que era una ilusa.  Me dijo: Jesús mantiene esas relaciones con los santos y no con las almas pecadoras como la suya, hermana.  (12)  Desde aquel momento era como si yo desconfiara de Jesús.  Durante una conversación matutina dije a Jesús: Jesús, ¿no eres Tu una ilusión?  Jesús me contesto: Mi amor no desilusiona a nadie.


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